LIZ CAMBAGE Y EL JUEGO DE SU SALUD MENTAL

En el 2013 Elizabeth Cambage pensó: “Veintidós años, nunca volverán a verme”. La basquetbolista de Las Vegas Aces, de dos metros seis centímetros de estatura y de origen australiano, se ha abierto recientemente para hablar de sus problemas mentales, de su abuso a sustancias prohibidas y de los ataques de ansiedad y depresión que aún la traicionan. La vida no es un trazo recto, Liz lleva la mitad de la suya en la lucha contra sus propios demonios y fantasmas.

Hoy, ya con 28 años, la emblemática figura pública de Las Vegas, puede decir también abiertamente que ama “su cuerpo, sus labios grandes y su loco cabello”, mientras le preguntan qué piensa de salir en la portada del Body 2019 de ESPN, pero antes de mirar su propio brillo y encontrar su centro, Liz ha tenido que arrastrarse por aguas profundas, oscuras… y pedir ayuda.

Era una adolescente cuando se pintaba el cabello de rubio y usaba lentes de contacto azules aconsejada por algunas primas. Su madre es blanca, pero ella es de raza mixta y su piel es morena. En Australia, ese color luce diferente al de la mayoría… y muchas adolescentes necesitan encajar o parecer “algo no estaba bien”, dice.

La madre de Liz, Julia Cambage, fue quien la llevó a entrenar por primera vez cuando tenía apenas diez años y la jugadora cuenta a ESPN que se enamoró del basquetbol cuando metió su primera canasta pues, además, Julia le había prometido diez billetes australianos si lo lograba.

A partir de ahí, Liz comenzó el romance con el basquetbol y creció como espuma de cerveza. Pero recién entró a la adolescencia, algunos fantasmas comenzaron a tocar su puerta. Era una quinceañera cuando se separó de su madre para ir a entrenar de tiempo completo en el Instituto de Deporte Australiano de Canberra. Lxs jóvenes como ella en ese lugar, tenían prohibido salir de sus habitaciones por la noche y estaban cuidados con alta seguridad. “Era como una cárcel, literal”, recuerda Cambage y confiesa que era “un desastre para vivir”.

Envuelta en soledad y nostalgia, Liz necesitaba que su madre la visitara cada fin de semana. Luego vino su ingreso a la Liga Profesional de Basquetbol femenil de Australia a la edad de 18. Liz era ya una estrella y en apenas dos temporadas, logró el MVP. El plan creció: Llegar a la WNBA antes de los 20… Y lo logró.

Pero la tierra prometida no era lo que esperaba. Y ahí comenzó el llanto. A los 19 años, fue seleccionada en el número dos del Draft 2011, aún con ella en la cancha, el equipo de las Tulsa Shock perdió 25 de sus 26 juegos. Cambage hizo declaraciones a la prensa luego de su tercera temporada en la Liga: “la WNBA no paga mis cuentas… ganamos más en el extranjero”.

“Le llamaba a mi mamá y a mi representante llorando, literalmente era a diario y rogaba volver a casa”.

 

 

 

Una primera huída fue jugar en China y, al mismo tiempo, cumplir con Australia. De hecho, con su país ganó la medalla de Bronce en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Tampoco era suficiente. Los fantasmas ya estaban dentro de su casa, la soledad los había dejado entrar.

Una vez más su mamá fue a visitarla. Aún con un mucho mejor sueldo, Cambage no estaba en su centro, Julia notaba que vivir sola en una habitación de hotel no le hacía bien, tenía ganas de llevarla consigo de regreso, pero no, ella veía a su hija subiendo una colina… solo que Liz no podía consigo misma.

“¿Están listas las personas realmente para hablar sobre cómo, a partir de los 15 años, me emborrachaba algunas noches? ¿O que me desperté en ocasiones con una intravenosa en mi brazo, después de un fin de semana de fiesta, sin poder recordar nada? ¿O que mi primer intento de sobriedad fue a los 18 años?”. Con esas y otras palabras, fue como Cambage se sinceró en  THE PLAYERS TRIBUNE: DNP-MENTAL HEALTH para hablar de sus adentros y de aquellas épocas: “He luchado contra problemas de salud mental (primero, ansiedad y luego, la depresión que la ansiedad puede desencadenar) durante casi la mitad de mi vida”.

La basquetbolista a la que por su estatura todas le jugaban rudo y la que, aún medicada, respondía como estrella como en las Dallas Wings, cuando la centro acaparó las porras del estadio por meter 53 puntos en un día histórico de la WNBA (julio 17, 2018), no tuvo reparo en decir:

¿Están listas las personas para hablar sobre cómo me pusieron en vigilancia de suicidio en 2016? ¿Cómo llamé a mi madre y, en la conversación más dura de mi vida, le dije que ya no quería vivir? ¿Y cómo incluso ahora, incluso “sintiéndome mejor”, todavía tengo la vergüenza y la culpa de haber hecho pasar a mis seres queridos por algo tan aterrador?”.

En el mismo texto, Liz confesó no poder hablar en pasado sobre sus demonios. Había buscado una vida más llevadera volviéndose religiosa, optó por una dieta a base de plantas, frenó el impulso de ir a fiestas, de tomar alcohol, entrenar por la mañana y hacer buenas siestas para, por fin, dejar el medicamento.

Sin embargo, las múltiples entrevistas, sesiones fotográficas, compromisos con patrocinadores y querer estar con amigos que la visitaron de Australia en el marco del reciente Juego de Estrellas en Las Vegas, le hicieron perder el ritmo del buen cuidado y uno de los demonios reapareció. Tuvo que descansar dos partidos: “He dejado de tomar mis medicamentos desde febrero y es difícil volver a sentir emociones. ¡Siento todo!”…

Y no fue bonito, en realidad fue bastante feo… pero también quería que todos supieran que no me ahogué. Todavía estoy aquí y sigo luchando en esta batalla diario”.

Las personas que sufren de ansiedad y depresión, son las que mejor saben lo que hay en el infierno. Volver a verse en la entrada, trajo a Liz los dolorosos recuerdos.

“Si no pasara por toda esa oscuridad, no podría apreciar la luz ahora”.

Así pasa los días. Liz Cambage habló porque le urgía hacerlo, porque con ayuda de familiares, médicos, entrenadores, amigos, ha logrado encender de nuevo la luz de su propio centro y desea que más personas lo hagan.

Hoy el juego más importante, es el de su salud mental. Y aunque a diario se para entre los rayos luminosos y las sombras, sonríe; el brillo del flash le pega en el rostro cuando entra a la cancha y ella, grande como es, vuelve a su habitación al término del día donde se hace amiga de sus demonios con medicamentos, “rehabilitando una lesión como cualquier otra…” como quizá siempre lo haga… “¿y, saben qué, está bien”.

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