MÉXICO Y COLOMBIA, MÁS PASOS HACIA ADELANTE QUE HACIA ATRÁS

El futbol femenil mexicano y colombiano se asemeja en muchos aspectos, sobre todo en lo sucedido en los últimos 15 años. Con pocas participaciones en Copas del Mundo, pero con grandes avances en su futbol local, el balompié cafetalero y azteca tienen mucho que contar.

En lo meramente futbolístico: en el ranking actual de la FIFA, el de diciembre de 2018, Colombia se ubica en el lugar 26 con mil 700 unidades, por encima de México que está en el 27 con mil 698. Ambos países cuentan con una no muy extensa historia en los Mundiales de categoría mayor. El Tri Femenil lleva apenas tres certámenes de categoría mundial en su haber: Estados Unidos 1999, Alemania 2011 y Canadá 2015; mientras que las cafetaleras suman dos participaciones, también en 2011 y 2015, y en ésta última, con una victoria histórica sobre Francia por 2-0 y la clasificación a octavos de final, en los que cayeron por mismo marcador, pero frente a Estados Unidos.

Además, tienen poco tiempo con el futbol femenil profesional, primero lo hizo Colombia, cuando en 2016 la Dimayor anunció que crearía la Liga Águila, misma que arrancaría con 18 clubes en el 2017. Unos meses después, México hizo lo propio con su Copa MX y Liga MX Femenil, con la cometida de que los clubes profesionales varoniles debían crear su rama femenil.

Pero así como las coincidencias nos llevan a los logros, también las hay en la parte oscura del deporte. Primero, en la Selección Mexicana a finales de 2015 se generó una polémica porque Charlyn Corral pidió la salida de Leonardo Cuéllar al argumentar que “ya había dado lo suficiente” y era necesario un cambio, esto luego de que México fracasara en el Mundial de Canadá; a ella se le sumaron, aunque de forma menos directa, Kenti Robles y Pamela Tajonar, y lo que resultó es que ninguna de las tres fue convocada para el Preolímpico, del que las verdes también fueron eliminadas, esa vez por Costa Rica.

En el caso colombiano, el veto fue para Daniela Montoya, quien después del buen papel de Colombia en el Mundial de Canadá, encabezó los reclamos por los premios a los que se hacían acreedoras luego de alcanzar los octavos de final. Ahora, a tres años de aquel momento, Montoya dio a conocer que fue engañada, pues le prometieron que la llamarían para los Olímpicos de Río 2016, pero no fue así, y que durante año y medio se “encontró mal” pues tenía la ilusión de acudir a este torneo. En primera instancia, la jugadora había alzado la voz, pero no tuvo mayor eco en los medios ni el respaldo de sus compañeras de selección.

Aunado a lo anterior, en septiembre del año pasado, en Colombia comenzaron los rumores sobre la cancelación de la liga profesional, que de por sí ya generaba críticas al sólo celebrarse un torneo al año y dejar paradas a sus jugadoras durante todo un semestre; los dirigentes salieron a declarar que el certamen seguía, pero todo cambió cuando desde la misma Federación salieron a la luz dos quejas oficiales del combinado Sub-17, por acoso sexual y laboral.

Todo lo mencionado provocó que las figuras más importantes del futbol femenil colombiano encabezaran la lucha de las futbolistas colombianas: Natalia Gaitán, futbolista del Valencia de España, junto a la misma Montoya, quien revivió su historia, más Melissa Ortiz, Isabella Echeverri y Orianica Velázquez, esto para que además de darle solución a los conflictos que salieron a la luz, no se tome como represalia la cancelación de la Liga profesional, de la que muchas dependen. Esto también ha desatado polémica a nivel nacional e internacional, primero logró que los jugadores de la Selección colombiana se pronunciaran en redes sociales a través de un comunicado: “rechazamos y condenamos cualquier acto que vulnere la integridad física, mental o emocional de una mujer”, y ha causado que la opinión pública se lance en contra de la Federación Colombiana y la Dimayor, incluso, tras el “Feliz Día de la Mujer” que ambas instancias publicaron el 8 de marzo, los usuarios no dejaron pasar la oportunidad para pedir que se tomen cartas en el asunto sobre lo acontecido en las últimas semanas. Finalmente, las luchas que cada frente libró, el martes 12 de marzo se anunció que la Liga colombiana sí continuará.

Y si nos vamos al caso mexicano, podemos remontarnos al inicio de la Liga MX, cuando se filtró a algunos medios que en los contratos de las jugadoras había cláusulas que limitaban el poder expresar sus preferencias sexuales o simplemente sus raquíticos salarios que no superan los 4 mil pesos mensuales en la mayoría de los casos. Asimismo, a inicios de este 2019, comenzó a correr el rumor de que la mayor parte de los clubes prefería no tener equipo femenil pues representaba un gasto y no había ingresos, sin embargo, casos como Tigres y Rayadas, que cobran por sus entradas y venden productos de sus jugadoras, contradicen este argumento. De hecho, Enrique Bonilla, presidente de la Liga, declaró que el certamen seguía, aunque es en julio cuando se esperan cambios significativos, como la posible inclusión de extranjeras y México-americanas.

¿Pero por qué en Latinoamérica cuesta tanto el avance de las mujeres en áreas que por años han sido meramente dominadas por hombres?

Porque tanto en el caso colombiano como en el mexicano impera la cultura machista, desde los mismos clubes, pasando por los medios de comunicación y los aficionados, quienes no están acostumbrados a ver que sea una fémina la que “se mande” una jugada de fantasía sobre la cancha y sude la camiseta de su equipo predilecto. Esto provoca que muchos de los involucrados históricamente en el futbol se vean amenazados por esta nueva euforia que ha creado el futbol femenil y, por lo tanto, quieran relegarla.

En Colombia, las acciones para combatir este ninguneo al balompié de mujeres llegaron hasta la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, quien declaró que haría todo para que la iniciativa privada apostara por la Liga, esto habla de lo que actualmente se debate a nivel mundial, en la búsqueda de la equidad de género, no por ser mujeres, sino por ser futbolistas profesionales, y no sólo por tener reconocimiento, sino respeto y mejores oportunidades por sus capacidades en el deporte.

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