PODCAST: EL PARTIDO QUE MOVIÓ EL MERCADO DEL FUTBOL EN LA CDMX… Y ALGUNAS MENTES

El equipo de Chivas llegó como el “caballo negro” a la Gran Final de la Liga Mx Femenil. El próximo lunes se enfrentarán ante las de Pachuca (a las 21 hrs.), dirigidas por Eva Espejo, quien ya ganó la Copa Mx Femenil, una mujer que sin duda abre caminos. Pero antes, tuvieron que dejar atrás al América, las líderes del torneo.

Por Olga Trujillo

Y pensar que el primer partido al que asistí para ver jugar al América femenil en la Ciudad de México fue ante Tijuana y en las instalaciones de Coapa. Acudí con mis hijos y, aún iniciado el encuentro, pudimos ver que las gradas se siguieron llenando: casi 900 personas se dieron cita aquel día y otras más se quedaron afuera ya sin lugar. Uno de ellos era mi esposo, quien luego de salir de trabajar quiso alcanzarnos para mirar el encuentro, pero ya no había cupo.

El sábado pasado fue diferente. Él y yo nos pusimos de acuerdo para ir a ver el partido entre América – Chivas –a este último le guarda su amor en el closet—pero ahora no era en Coapa sino en el monumental Estadio Azteca. Se trataba de la semifinal y quizá del último partido de la Liga Mx Femenil en la Ciudad de México. Sabíamos que llegaríamos tarde pues teníamos pendientes que resolver, sin embargo, quisimos ir. Durante el camino dudábamos si encontraríamos la taquilla de los boletos aún abierta, estaba por jugarse el segundo tiempo y hasta ese entonces el twitter era nuestro único informante 0-1 a favor de las Chivas.

Por fin llegamos a un estacionamiento frente al Estadio “cien pesitos” nos dijo el señor de la entrada en muletas. “¿Sabe si está lleno adentro?”, “uuy ya no hay lugar”, nos contestó. Nos volteamos a ver y ya no quisimos investigar. Ahí nos estacionamos y comenzamos a caminar. Antes de salir, nos encontramos a un hombre y a una mujer con la playera del América puesta, traían un bebé cargando y a su hija pequeña de la mano. “¿No se van a quedar al partido?”, les pregunté, “no, hay una fila enorme para comprar los boletos, la reventa ya está en $500 y el partido casi en el segundo tiempo, no vamos a alcanzar a ver nada”, me dijo el hombre.

Seguimos el paso, casi tres kilómetros y por fin llegamos a la explanada del Estadio Azteca. Los puestos donde se venden playeras estaban abiertos, el aire balanceaba las de color rosa, las amarillas y las rayadas; los gorros, carteras, balones y otros souvenirs veían pasar el polvo. También estaban los que venden papas, dulces, refrescos y que además te guardan el cinturón o la mochila por veinte pesos. La gente se apresuraba con boleto en mano para entrar, hubo quienes corrían. Una mujer revendedora se acercó a nosotros “¿busca boletos, 150 pesossss?”. Le dijimos que no, luego otra, ella los daba “a cien”. Grabé un rato la fila antes de entrar y mientras mi pareja iba a comprar las entradas, le pregunté a una mujer de unos 25 años que de dónde venía, “de Iztapalapa” dijo, “a mí me gusta el futbol”, traía la de las Chivas puesta. Niños, niñas, adolescentes, mujeres, hombres, la fila de las personas que querían ver el partido ya no se parecía nada a la de solo familiares y amigos en Coapa.

Pudimos entrar a la zona general. El Estadio iluminaba lo mismo que el futbol femenil: la esperanza de que así fuera siempre. Ni la primera vez que el Estadio abrió sus puertas al futbol femenil, cuando el América jugó ante Monarcas Morelia, reunió a tantos aficionados: poco más de 7 mil 500, nada mal para un primer intento. Pero esta vez se veía un partido de primera clase en un Estadio también de primera: casi 20 mil personas presentes anunció la Liga.

Ya para ese entonces el encuentro iba 1-2 a favor de las Chivas así que alcanzamos a ver el empate de Betzy Cuevas (del América) que dejaba el encuentro en 2 a 2 y también las magníficas atajadas de Blanca Félix (de Chivas); sí la que salió en hombros de la cancha. “Esta ha sido mi mejor noche,” dijo, y se fue orgullosa de haber parado hasta el famoso cántico de la barra del América “que la vengan a veeer, que la vengan a veeer…”, ya saben.

Al término del partido me esperé para ver cómo un par de jóvenes frente a mí le aplaudía a su equipo que aceptaba la así derrota sin más. Un niño sentado junto a su padre cantaba “Chivas, Chivas, Chivas”, las mujeres vestidas con uniformes de policía se preparaban para ordenar a la gente a salir. Tomé de la mano a mi acompañante y caminamos de regreso al auto, la noche había caído, las jugadoras de la tierra de Juan Rulfo eran finalistas y la gente celebraba con unas micheladas, música de banda y quesadillas afuera del Estadio, como en un partido cualquiera. Los comerciantes estaban felices: El partido había movido el dinero del futbol en México, pero también algunas mentes.

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