¿A QUÉ JUEGAN NUESTRAS NIÑAS?

Uno de los primeros regalos que reciben muchos niños es un balón de futbol. Aprenden a patear y a gritar “goool” antes que ir al baño. Cualquier lugar sirve para armar la cascarita, sin importar que lleguen con los pantalones rotos de las rodillas y los codos sangrados por alguna barrida. Jugar futbol les ayudará a tener amigos, a ser reconocidos, a demostrar que son “hombrecitos”, a tener pretexto para echarse unas cervezas y a sentarse a discutir, con otros, cualquier partido. Crecen con el sueño de algún día convertirse en Messi, Ronaldo, o El Chicharito, y saben que hay manera de lograrlo.

Pero ¿a qué edad le regalan su primer balón de futbol a una niña? El balón que llegan a patear pertenece al hermano, a los primos, al vecino. A ellas les regalan muñecas y trastecitos, les ponen vestidos, les piden que no se ensucien  y que no jueguen brusco. No es fácil que encontremos chicas en la calle echando la cáscara.

Tampoco es tan fácil encontrar ligas infantiles con categorías para niñas de todas las edades. Ni hablar de escuelas, de visorias o de campamentos femeniles para captar a los futuros talentos. Y tristemente, no tienen referentes de mujeres tan visibles como los jugadores de cualquier liga profesional de futbol.

Foto: FIFA

Foto: FIFA

A pesar del aumento de las estadísticas de participación femenina, las niñas se siguen acercando de manera muy distinta al futbol. Y en general, a cualquier otro deporte.  Aunque cada vez es menos frecuente, todavía se mantiene la idea de que hay algunos deportes más convenientes para las niñas (como gimnasia, natación, tenis), lo que de inicio genera una diferencia importante. No se suele alentar a las niñas para que usen guantes de box, practiquen artes marciales o se pongan un casco de futbol americano. Pero este es solo el inicio de una cadena de diferencias que dificultan que ellas tengan las mismas posibilidades de participar en el deporte.

En el mundo, según los datos de la Unicef, las niñas dedican 40 % más de tiempo para colaborar en las tareas domésticas. De los 100 millones de infantes sin acceso a la educación, más de la mitad son del sexo femenino. Y para la mayoría de las más de mil millones de niñas que viven en este planeta, los espacios públicos son inseguros.

¿Qué tiene que ver esto con sus posibilidades de acercarse al deporte? 

Que por la combinación de estos factores, cuentan con menos tiempo para la práctica deportiva, menos opciones para acceder a los deportes fuera del contexto escolar y menos garantías para  desplazarse a los espacios deportivos. Esto explica porque las estadísticas señalan que el 49 % de las niñas que practican deporte lo abandonan al entrar a la adolescencia, una proporción que es seis veces más alta que los niños. Un alto porcentaje, que sin embargo adquiere otro matiz al considerar que no todas las niñas viven igual.

Foto: News Trust

Foto: News Trust

Si las niñas de las que aquí se habla vivieran en alguna ciudad de Brasil, podrían ser parte del millón de mujeres menores de 16 años que, según estimaciones de la Unicef, son víctimas de la prostitución infantil. Si habitaran en Bangladesh, estarían en la estadística de 140 millones de niñas obligadas a contraer matrimonio antes de cumplir los 18 años,  como dicen los cálculos de la ONU. Si estuvieran en alguna comunidad  de África o de Oriente Medio, correrían el riesgo de sumarse a las más de 125 millones de niñas que enfrentan la mutilación genital, de acuerdo con la OMS. Y, sin importar su ciudad de origen, sus posibilidades de estar entre 70 % de mujeres en el mundo que alguna vez han vivido violencia de algún tipo serían altas, ya que más de la mitad de las agresiones ocurren en la infancia.

En contextos tan crudos como estos, preguntar a qué juegan las niñas parece trivial. Pero no lo es. Desde hace 5 años que se decretó la celebración del Día Internacional de la Niña, organismos como la ONU, la Unicef y el Comité Olímpico Internacional incorporaron al deporte como uno de los elementos claves para lograr el empoderamiento de este sector poblacional.

Los esfuerzos, aunque poco visibles, no han sido menores: programas como One Win Leads to Another (que trabaja con niñas en las favelas brasileñas), el Proyecto Asiático de Fútbol para el Desarrollo, (que realiza campamentos de futbol con jóvenes refugiadas en países de medio oriente) o Ishraq (que trabaja con niñas en las aldeas de Egipto) han construido otras posibilidades de vida para las infantes al acercarles disciplinas como el futbol, las artes marciales, el balonmano o el box.

A través del deporte, las niñas adquieren fortaleza física y emocional, toman conciencia de las potencialidades de su cuerpo y aprenden a sentirse seguras. Esto resulta un factor fundamental a la hora de enfrentar a una situación de violencia, desde el bullyng escolar hasta los agresiones sexuales en el hogar, la calle o cualquier espacio público.

Con la práctica deportiva, las pequeñas adquieren capacidades que les permiten trazarse metas, trabajar por alcanzarlas y concentrar sus esfuerzos. Lo cual no es un asunto menor, ya que aumenta sus probabilidades de encontrar becas escolares, emprender proyectos o enfrentarse a la búsqueda de empleo, sobre todo en contextos hostiles.

Y quizá lo más importante es que a través del deporte como juego, las niñas aprenden a disfrutar. A experimentar el placer de jugar.  A vivir en carne el propia el derecho al goce de su cuerpo, de su espacio, de su vida. Así que no solo hay que preguntar a qué juegan nuestras niñas, sino trabajar para ampliarles sus posibilidades de juego. Regalarles más balones puede ser un buen comienzo.

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