CRÓNICA DE UN DEBUT ANUNCIADO

Berlín. Es mi primer partido oficial con el equipo Purple Pavement. Soy la única mexicana y  la única que lleva el futbol más en la letras que en los pies, soy periodista. Mis compañeras también tienen su historia: Ami S. (portera) -ex seleccionada nacional-, Haowa P. (delantera/defensa), Fati (defensa), las tres de Burkina Faso, donde las canchas de tierra son el paraíso y diez euros alcanzan para que una familia de siete integrantes viva un mes. Chrysa (delantera), Fenia (media) –ex seleccionada– y Eva (defensa) del equipo de Volos en Grecia, donde la crisis ha mermado tanto al futbol femenil que cada vez recibe menos presupuesto; Sherab, Tenzin, Norzom y Dolma de Tíbet, refugiadas en India, pero pioneras jugadoras a nombre de Tíbet, un país que ya no es suyo.

Mis entrenadores, Mónica, activista y feminista de Argentina y William de Tanzania, habían aprovechado dos días antes las prácticas para conocernos. De vez en cuando traduzco a la coach, pero la mayoría de las veces no es necesario, con los movimientos del cuerpo todas tenemos suficiente para dejarnos llevar por el balón.

El debut es contra el Silver Stone –cuyo cuadro alinea jugadoras de Sudáfrica, China, Afganistán, Benín, Serbia, Moroco, Noruega y también Burkina Faso–. El escenario: El estadio Willy-Kressman Stadium, elegido por las organizadoras de la fundación alemana Discover Football para reunir a las más de cien mujeres de todo el mundo y adornado con fotografías, cuadros, pinturas de mujeres jugando futbol y la vibra de más de cien mujeres con banderas de “beyond borders”.

Arte y futbol. Foto: Olga Trujillo

Arte y futbol. Foto: Olga Trujillo

El partido arranca. En el público el resto de las invitadas al Festival 2015 atestiguan el encuentro, beben cerveza, té, agua y nuevas amistades. Es uno de los días más calientes del año en la ciudad sajona y nuestra flamante delantera Haowa, de Burkina, anota al minuto tres. “Soguea soguea” comenzamos a cantar llevadas por William que con su baile africano contagió de alegría las prácticas previas. Transcurren diez minutos y las piernas de Haowa nuevamente lanzan el balón al fondo de la red. A ese ritmo parecía que la jugadora de veinte años con cuerpo de roble –que a pocos minutos antes de que terminara el primer tiempo ya había anotado tres dianas–, podía sacar al equipo en hombros más sus pertenencias.

DEBUT, DEBUT

Llegó la segunda mitad. Mi uniforme aún olía a nuevo y la ventaja parecía darle la razón a la coach para meterme. Pero las Silver Stone no soltaban el marcador. Metieron un gol, luego dos. El motor de Haowa se apagó al regresar del descanso y ni los latigazos del sol ni las tres anotaciones que ya para este momento las rivales habían igualado y cuyo sonido se escuchaba igual que las monedas cuando caen en una máquina de refrescos, la hacían moverse del medio campo. “Haowa” le gritábamos, “adelante” “tira”, no sé si era que no entendía ningún idioma más que el suyo o nuestras palabras quizá le llegaban al oído en forma de una botella de agua bien fría.

El Turno

Mi coach, que en Argentina se dedica a empoderar y hacer debutar a mujeres en su país, me indicó “entrá”. No pude evitar sentirme como una niña en la boca de un lobo, me quería salir apenas crucé la filosa línea, mis piernas latían igual que mi corazón, era yo haciendo el amor en la cancha de futbol y así igualito sentía que el público me veía encuerada. No traía nada, pero los dos entrenamientos previos me daban ese valor que se siente cuando te tomas la segunda cerveza y dije “ya estoy aquí, ahora solo sigue el instinto”…

En plena acción. Foto: Olga Trujillo

En plena acción. Foto: Olga Trujillo

Luego lo inevitable. Toqué el balón para dar un pase. El recorrido del esférico tardó lo del bostezo de un león más lo de una canica rodando para bajar sesenta escalones… Pero llegó. La cosa iba bien. Sin embargo no podía evitar que el latido de mi corazón se elevara cada que veía que la pelota se acercaba hacia mi. Cada pequeño roce era como anotar una canasta pero sin el sonido que hace la red y consciente estaba de que no era un gol.

El sol estaba furioso. Desprendía sus infames rayos y cada uno me pegaba en los ojos al mismo tiempo que ponía un espejo de frente, me provocaba. Recuerdo haberme visto una y otra vez vestida de morado. Cuando el balón se iba del otro lado de la cancha, aprovechaba el silencio, me volvía a mirar y me preguntaba “¿estoy aquí?”… “Sí concéntrate”… En eso Ami, mi portera, me ordenaba, me hacía señas con sus guantes y estos me parecían más familiares que nunca, una fuerte sensación de cruzar los brazos y ponerme a charlar con ella en ese preciso momento sobre lo que ahora podía describir desde dentro de la cancha me llamaba cual bruja a su hoguera (bueno no era el momento) pero me daban ganas.
La porra durante el descanso. Foto: Olga Trujillo

La porra durante el descanso. Foto: Olga Trujillo

Ahí venía el balón de nuevo. Esta vez era movido por una rival que parecía traer lanzas de fuego amarradas en las puntas de ambos pies; no recuerdo si era Sparghai (activista y hermana de una seleccionada nacional del equipo femenil de Afganistán) o Suzan (hija de padres sirios) de Noruega — aunque no tengo registrada su bufanda en la cabeza– quizá era más bien la de China. Yo la esperé. Me paré en posición de alerta: piernas abiertas, brazos al aire, pero sentía los pies hundidos en el pasto natural, el lodo debajo de la cabellera verde me pegaba a él como un imán… Sudé. Por fin me le acerqué, pero tal parecía que mientras pensaba todo esto, ella me había ganado por dos segundos y me llevaba la delantera, aún así la perseguí, según yo, si ya no la había estorbado antes por lo menos tenía que hacerle escuchar mi aguda respiración. Por fin soltó el balón y los poderosos guantes de Ami lo soportaron. Nada. Una oportunidad más.
Evangelia, defensa del Volos, Grecia (Purple Pavement Team). Foto: Olga Trujillo

Evangelia, defensa del Volos, Grecia (Purple Pavement Team). Foto: Olga Trujillo

Vino un saque lateral y yo era la encargada de poner en juego la pelota. Imité lo que mis ojos habían visto una y otra vez desde la tribuna -seguir el instinto me decía el cerebro- y no fue sino hasta que la árbitra tocó su silbato cuando me di cuenta que para sacar hay que poner ambas piernas juntas y el balón bien detrás de la cabeza, “así” me explicó mi coach desde fuera de la cancha e imitó un saque correcto. Mi termómetro de la vergüenza se mantuvo en nivel bajo, ya antes le había adelantado al equipo completo sobre mi debut, así que la falla era hasta cierta forma comprensible.
Fue Feña, la de Grecia quien en medio de las plegarias en cuatro idiomas diferentes anotó el cuarto tanto por lo que los últimos cinco minutos del encuentro los pasamos cerradas, pateando cada amenaza y desechando las posibilidades del equipo contrario. Al final, todas saltamos y bailamos “Soguea, soguea” ese ritmo africano de nuevo que nos compartió nuestro otro coach de Tanzania y que consistía en hacer un círculo llamándonos unas a otras “soguea, soguea” “vengan, vengan”… ¿Cinco? ¿Siete? ¿Diez minutos jugué en ese primer partido? No lo sé con exactitud, lo único que recuerdo es que el futbol y yo vivimos una tarde en Berlín de esas que duran una eternidad y que precisamente estuve ahí como todas, haciendo uso de mi derecho y trayendo material para contarlo justo como lo hago ahora.
(Continuará?).
Purple Pavement Team. Foto: Olga Trujillo

Purple Pavement Team. Foto: Olga Trujillo

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